Tras casi 30 años de ausencia, la banda australiana regresó a Santiago con una avalancha de clásicos, una puesta en escena descomunal y más de 80 mil personas en el Parque Estadio Nacional. Pero el reencuentro soñado con el público chileno también quedó cruzado por críticas al sonido en cancha general, problemas de visibilidad y una logística que no estuvo a la altura del carácter histórico del evento.
PARQUE ESTADIO NACIONAL, ÑUÑOA, ESTADIO NACIONAL — jueves, 12 de marzo de 2026. Hay conciertos que se ven. Otros se sobreviven. Y algunos, los menos, se esperan durante media vida. El regreso de AC/DC a Chile pertenecía a esa última categoría: una cita largamente aplazada, una deuda con la memoria rockera local y, para miles, quizás la última oportunidad de ver a la banda en vivo. Sobre el escenario, los australianos cumplieron con lo suyo: riffs sin maquillaje, Angus Young desatado y un repertorio diseñado para golpear directo al pecho. Fuera de la tarima, en cambio, la experiencia fue más desigual: lo que debía ser una noche redonda terminó marcada por reparos al recinto, a la producción y a un sonido que no convenció a todos.
AC/DC no es una banda que necesite demasiada introducción. Tampoco demasiada interpretación. Su música funciona como una maquinaria simple y brutal: una guitarra que abre camino, una base que no se mueve del eje y canciones hechas para activar un reflejo primario, físico, inmediato. Por eso su vuelta a Santiago, la noche del miércoles 11 de marzo en el Parque Estadio Nacional, cargaba una expectativa tan grande como difícil de administrar. No solo se trataba de una de las bandas más influyentes del hard rock, sino de un grupo que no tocaba en Chile desde el 22 de octubre de 1996, cuando debutó en el Velódromo del Estadio Nacional.
La comparación con aquella visita era inevitable. En 1996, AC/DC llegó a Santiago con una formación hoy definitivamente legendaria: Angus Young, Malcolm Young, Brian Johnson, Cliff Williams y Phil Rudd. El show quedó fijado en la memoria de los fanáticos como una jornada feroz y compacta, todavía perteneciente a una época donde el recital masivo se vivía con menos dispositivos y más cuerpo. El 2026, en cambio, encontró a la banda convertida en otra cosa: ya no estaban Malcolm (fallecido el 2017), ni Cliff, ni Phil; junto a Angus y Brian aparecieron Stevie Young en guitarra rítmica, Chris Chaney en bajo y Matt Laug en batería. No era la banda de 1996, ni mucho menos una “formación original”, pero sí una versión funcional del mito, sostenida por el núcleo simbólico que todavía sobrevive.
El público entendió eso desde antes de entrar. La explanada del Parque Estadio Nacional se transformó en una romería negra de poleras, cuernos, familias, veteranos del rock, hijos llevados por padres que en 1996 quizás ya habían estado ahí, y fanáticos llegados desde otros puntos de Sudamérica. La convocatoria fue gigantesca: Cooperativa reportó más de 80 mil personas, mientras la cobertura posterior habló de 84 mil tickets vendidos. La sensación general era clara: no se trataba solo de un concierto, sino de una cita con la propia biografía.
Cuando las luces bajaron tras un retraso cercano a media hora, el alivio fue colectivo. El video introductorio dio paso al estallido y AC/DC entró como debe entrar AC/DC: sin sutileza, sin diálogo excesivo, sin rodeos. La banda abrió con “If You Want Blood (You’ve Got It)” y, desde ahí, se dedicó a administrar una secuencia de himnos que no necesita defensa. El setlist de Santiago incluyó, entre otras, “Back in Black”, “Demon Fire”, “Shot Down in Flames”, “Thunderstruck”, “Hells Bells”, “Highway to Hell”, “You Shook Me All Night Long”, “Whole Lotta Rosie”, “Let There Be Rock”, “T.N.T.” y “For Those About to Rock (We Salute You)”.
Lo mejor del concierto estuvo, justamente, ahí: en la obstinación del repertorio y en la forma en que Angus Young sigue habitando ese personaje como si el tiempo no hubiese sido invitado al show. A sus 70 años, continúa moviéndose con una energía improbable, recorriendo la pasarela, disparando solos, agachándose, doblándose, lanzando el paso del pato y convirtiendo cada clásico en un pequeño acto de posesión escénica. Brian Johnson, en tanto, ya no tiene la voz de otras décadas, pero conserva el oficio, el carisma y esa mezcla de rudeza y complicidad que le permite conducir el espectáculo incluso cuando las notas altas no siempre responden como antes.
En lo musical, la banda mostró exactamente lo que prometía. Nada de artificios digitales visibles, nada de reconstrucciones solemnes. Solo guitarras al frente, una base eficaz y un repertorio trabajado para no perder el pulso de la multitud. Lo que se rescata es eso: la persistencia de una música que, incluso en esta etapa tardía, sigue sosteniéndose como uno de los pilares del rock mundial. La de Culto fue en una línea parecida: un regreso atronador, épico y de alto voltaje. Sobre el escenario, en resumen, AC/DC respondió. Y respondió bien.
Pero el gran problema es que no todos vivieron el mismo recital.
Mientras los sectores frontales y cercanos al escenario concentraron buena parte de las impresiones entusiastas sobre el audio y la potencia del montaje, desde cancha general y ubicaciones más alejadas aparecieron reclamos por sonido bajo o poco claro, visibilidad deficiente y una experiencia afectada por la distancia respecto de la tarima. El asunto no se quedó solo en comentarios sueltos: La crítica mediática sobre la jornada posterior recogió cuestionamientos al Parque Estadio Nacional como espacio para conciertos de esta escala, con referencias directas a malas ubicaciones, problemas en los accesos y deficiencias en la salida.
La crítica más repetida apuntó a la logística. El evento reunió una masa enorme de asistentes en una explanada sin graderías, con circulación compleja y con puntos de salida que, según testimonios recogidos por la prensa, resultaron estrechos e incómodos para una audiencia donde había una alta presencia de público adulto.
Alfredo Lewin, citado por el diario La Tercera, sostuvo que: «el recinto todavía no está listo en materia de accesos y que el principal problema estuvo en la salida. El propio artículo habló de mala señalización, de aglomeraciones en calle Marathon y de una experiencia que volvió a instalar dudas sobre la idoneidad del Parque para shows de estas proporciones».
Y ahí estuvo, probablemente, la gran fractura de la noche: lo que sucedía sobre el escenario parecía histórico, pero alrededor de ese núcleo había demasiada fricción. Porque sí, AC/DC volvió a Chile después de casi 30 años, reunió a una multitud y confirmó que su repertorio todavía tiene la capacidad de encender una ciudad. Pero el contexto le quitó algo de solemnidad al acontecimiento. No por culpa de la banda, que tocó lo que tenía que tocar, sino por una organización que no consiguió que la experiencia total estuviera a la altura de la cita. Esa conclusión es una inferencia editorial basada en la cobertura posterior, los reclamos reportados y la distancia entre la valoración artística del show y la recepción logística del evento.
En el fondo, lo del miércoles dejó dos verdades conviviendo al mismo tiempo. La primera: AC/DC sigue teniendo un fuego que no se apaga fácil. La segunda: no basta con traer una banda histórica para garantizar una noche histórica. También hay que construirle el marco adecuado. El regreso de los australianos a Santiago fue real, poderoso y emotivo. Pero también imperfecto. Como si el rock hubiera cumplido su parte, mientras todo lo demás corría algunos metros detrás.
